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Breve Historia del Reino de Navarra

Con la península habitada por los visigodos en su zona norte y por los musulmanes en su zona sur y central, el rey franco Carlos el Grande “Carlomagno” envía una expedición que será atacada y destruida en Roncesvalles en el año 778 d.c. Esta campaña tiene como objetivo intentar proteger su territorio ocupando la vertiente sur de los Pirineos y someter a los vascones de Pamplona, aunque serán éstos los que ataquen la retaguardia franca y consigan alejar a los carolingios de los Pirineos orientales durante treinta años. Frente a los carolingios y frente a Córdoba, frente a los dos poderes del llano, tendrán los montañeses de Pamplona la ayuda de los banu Qasi del Ebro, hasta que el valí de Huesca ponga fin a la revuelta muladí el año 806 d.c..

Tras la muerte del valí, Carlomagno logra ocupar Pamplona, pero su dominio es efímero, ya que los Arista, dirigidos por Iñigo Iñiguez, y ayudados una vez más por los muladíes del Ebro, expulsan a los carolingios en el año 816 d.c. y derrotan a un nuevo ejército enviado por los francos ocho años más tarde, fecha en la que podemos considerar perfectamente consolidada la independencia del segundo foco de resistencia al dominio musulmán, el reino de Pamplona.

Unos años antes, en el 810 d.c., el conde franco Oriol (o Aureolo) puesto al frente de Aragón por Carlomagno, fue sustituido por un indígena, Aznar Galindo, con el que se inicia la historia de los condes independientes de Aragón, obligados a un difícil equilibrio entre sus vecinos muladíes, cordobeses, carolingios y pamploneses, tan pronto aliados como enemigos. Navarros y aragoneses se independizan al mismo tiempo de los carolingios, pero mientras los segundos se mantienen en un cierto estado de subordinación al Imperio, los primeros forman una monarquía, con lo que reafirman su independencia frente a los carolingios y frente a los emires de Córdoba. La presencia carolingia en Pamplona y en Aragón finaliza prácticamente en el año 824 d.c. cuando, aliados los banu Qasi a los Arista de Pamplona, derrotan al ejército franco mandado por los condes Eblo y Aznar, Así pues, el rey de Pamplona, aunque tributario, es independiente.

Las Crónicas cristianas recuerdan que en el año 859 d.c., Musa, al que los suyos llamaron el tercer rey de España -los otros dos serían el emir cordobés y el monarca asturiano- llegó a gobernar Zaragoza, Tudela, Huesca y Toledo, donde puso como gobernador a su hijo Lup. Musa fortificó el lugar de Albelda y contra esta plaza se dirigió un ejército dirigido por Ordoño I que capturó gran cantidad de botín, dió muerte a numerosos musulmanes y destruyó la ciudad hasta los cimientos. La importancia de esta batalla de Albelda (859 d.c.) ha llevado a identificarla con la legendaria de Clavijo, lugar próximo a Albelda, en la que, según invención posterior, habría combatido el apóstol Santiago para poner fin al Tributo de las Cien Doncellas. Nada dicen las fuentes sobre la presencia de tropas navarras en Albelda, quizá porque este mismo año el reino estaba amenazado por la presencia en su territorio de grupos de vikingos que llegaron a hacer prisionero al rey García Iñiguez y exigieron un cuantioso rescate por su liberación.

La alianza de Navarra y Asturias es clara para el emir, que lanza una campaña contra Pamplona el año 860 d.c., ocupa diversos castillos y hace prisionero al heredero del trono, Fortún Garcés, que permanecería prisionero en Córdoba durante veinte años. Al mismo tiempo que se refuerza la vinculación a Asturias -Alfonso III casaría con la pamplonesa Jimena-, García Iñiguez casaría a una de sus hijas, Oneca, con el conde Aznar Galindo II de Aragón, que buscaba de este modo la amistad de Pamplona, recurriendo a las alianzas matrimoniales, que no tienen en cuenta la religión de los contrayentes sino los intereses del momento. Durante su prisión, Fortún Garcés estuvo acompañado por su hija Oneca, de la que se dice que recibió como esposo al rey Abdella y engendró a Muhammad ibn Abdela que no es otro que el padre del primer califa, Abd al-Rahman III. De un posterior matrimonio de Oneca con Aznar Sánchez nacería Toda cuyo marido, Sancho Garcés, de la familia de los Jimeno, podría fin a la dinastía de los Arista en el año 905 d.c. y fortalecería la vinculación con la monarquía asturiana y con el condado de Aragón, en este caso a través de una complicada red matrimonial iniciada años antes entre los condes aragoneses, los reyes de Pamplona y los jefes musulmanes de la zona.

La rapidez y profundidad de los avances cristianos en la zona occidental, estableciendo la frontera a orillas del Duero, sólo puede explicarse si aceptamos la relativa despoblación de esta zona y el escaso interés de los musulmanes por asentarse en ella tras el abandono de las guarniciones beréberes a mediados del siglo VIII. El valle del Ebro no fue superado hasta comienzos del siglo X en tiempos de Sancho Garcés I (905-925), cuya subida al trono fue facilitada por el leonés Alfonso III, interesado en que los navarros cerraran el paso a los musulmanes del Ebro y a los cordobeses y protegieran el flanco oriental de León. Con la ayuda leonesa, Sancho I extiende sus dominios sobre Monjardín, Nájera, Calahorra y Arnedo a pesar de la derrota sufrida en Valdejunquera. Por el Este el reino se extiende a lo largo de la cuenca del Aragón dejando así al condado aragonés sin posibilidad de ampliar su territorio hacia el Sur. Aragón acabará uniéndose al reino navarro aunque conserve sus instituciones y su propia personalidad. El artífice de la unión navarroaragonesa, con la que se inicia la hegemonía navarra sobre los reinos cristianos, parece haber sido la reina Toda, viuda de Sancho Garcés y regente de García Sánchez I al que casó con Andregoto Galíndez de Aragón y al que hizo intervenir decisivamente en León al morir Ramiro II.

Sancho III el Mayor (1005-1035) puede ser considerado el primer monarca europeo de la Península sobre cuyos reinos cristianos ejerce un auténtico protectorado. No sin razón ha podido afirmarse que el reino de Sancho se extiende desde Zamora hasta Barcelona, aunque su autoridad es muy desigual: en unos casos se hace efectiva mediante la intervención militar, como en el caso castellano; en otros, su hegemonía es reconocida gracias a una hábil combinación de la diplomacia y de las armas, que le permiten alternar los ataques al reino leonés con la creación en tierras leonesas de un partido favorable al monarca navarro.

En Gascuña y Barcelona la autoridad de Sancho es más nominal que efectiva y adopta la forma feudal europea: Sancho tendrá como vasallo al conde Sancho Guillermo de Gascuña al que apoya contra los señores de Toulouse y del que obtiene el vizcondado de Labourd, y vasallo del monarca navarro es Berenguer Ramón I de Barcelona. Castilla fue unida a Navarra previo el compromiso de Sancho de confiar el gobierno del condado al segundo de sus hijos legítimos, y puede suponerse que a un acuerdo similar se llegaría en los casos de Sobrarbe-Ribagorza o Aragón, según se desprende del testamento de Sancho, o de las leyendas que explican por qué Sancho dividió el reino entre sus hijos García (Navarra), Fernando (Castilla), Ramiro (Aragón) y Gonzalo (Sobrarbe).Castillo-palacio construido a principios del siglo XIV por Carlos III el Noble tomando como modelo fortalezas francesas.

La hegemonía navarra sobre los príncipes cristianos desaparece con Sancho el Mayor. La división de los dominios entre sus hijos y la falta de cohesión entre las tierras incorporadas por Sancho pusieron fin a la obra unificadora emprendida por el monarca navarro. La monarquía pamplonesa queda relegada a un lugar secundario mientras sobresale en Occidente el nuevo reino de Castilla unido al leonés, y en Oriente el condado de Barcelona. Los hijos de Sancho actuaron como reyes independientes y se opusieron a las pretensiones de García, contra el que se sublevó Ramiro en 1043 y en 1054 Fernando, en ambos casos para rectificar las fronteras fijadas por Sancho, para ocupar Sobrarbe y Ribagorza en el primer caso y Álava, Vizcaya, Santander y Burgos en el segundo. Derrotado y muerto García en la batalla de Atapuerca, la situación jurídica se invierte y el nuevo monarca navarro, Sancho IV (1054-1076), ya no será señor sino vasallo del castellano.

Castellanos y aragoneses no tienen fronteras comunes en disputa pero sí zonas de influencia y futura conquista de las tierras musulmanas de Zaragoza, por cuyas parias llegan a una guerra en la que encuentra la muerte el aragonés Ramiro en la batalla de Graus (1063). Poco más tarde, cuando Sancho II de Castilla inicie una nueva guerra fronteriza con Sancho IV de Navarra, el rey de Aragón, Sancho Ramírez, acudirá en ayuda del navarro que, sin embargo, no podrá impedir la ocupación castellana de los montes de Oca, de la Bureba y del castillo de Pancorbo.

A Roma acudirá Sancho Ramírez de Aragón para legalizar sus derechos al trono discutidos por la ilegitimidad del nacimiento de su padre, que puede ser utilizada por los vecinos navarros, urgelitanos y castellanos para justificar la ocupación del reino aragonés. Frente a sus vecinos y en especial frente al rey de Navarra, que puede alegar derechos feudales sobre el aragonés, la solución está en declararse vasallo de la Santa Sede, como hará cincuenta años más tarde Alfonso Enríquez de Portugal para librarse de la tutela castellano-leonesa y afirmar la independencia del reino.

La pugna entre navarros y aragoneses perjudica a ambos, y cuando en 1076 muere el monarca navarro, Sancho Ramírez de Aragón es aceptado como rey único; la unión permitirá ampliar considerablemente las fronteras, especialmente durante el reinado de Alfonso el Batallador, que ocupa el reino musulmán de Zaragoza y crea en sus tierras un nuevo reino, independiente de Aragón y de Navarra. Así pues, las uniones y separaciones llevan a la división de los dominios de Sancho el Mayor entre navarros y aragoneses (1035) que se unen en 1076 para separarse definitivamente a la muerte de Alfonso el Batallador en 1134.

Tres años más tarde, Aragón se une al condado de Barcelona, con el que se mantendrá unido durante toda la Edad Media. Teóricamente, Navarra forma parte de la Corona de Aragón y así lo da a entender Roma al incluir los territorios navarros bajo la metrópoli de Tarragona, pero en la práctica los navarros mantienen su independencia gracias a una hábil política de equilibrio y contrapeso entre Aragón y Castilla. La proximidad a los territorios franceses y la necesidad, en ocasiones, de buscar apoyo político y militar frente a Castilla o Aragón llevará a los reyes navarros a una alianza primero con miembros de la nobleza francesa, con los condes de Champagne, y en la segunda mitad del siglo XIII con la casa real francesa cuyos herederos serán al mismo tiempo reyes de Navarra.

Los repartos de sus tierras son neutralizados por García Ramírez y Sancho VI de Navarra (1150-1194) mediante una hábil política de equilibrio que les lleva tanto a reafirmar la dependencia feudal respecto a Castilla como a colaborar con el rey-conde para recuperar las tierras de La Rioja y dividirse los dominios del rey Lobo de Murcia; la inestabilidad del equilibrio entre Castilla y Aragón lleva a los monarcas a buscar contrapesos al Norte de los Pirineos mediante alianzas matrimoniales con Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra, y con Teobaldo de Champaña, cuyos descendientes se convertirán en el siglo XIII en reyes de Navarra.

Sancho VII (1194-1234) inició su reinado en alianza con Castilla, que pronto fue sustituida por un acuerdo entre leoneses y navarros contra los castellanos. Solucionados estos problemas, Sancho ofreció sus servicios militares a los almohades, a cuyo lado combatió en el Norte de África. Durante su ausencia, el monarca castellano, que por su matrimonio con Leonor -hija de Enrique II de Inglaterra- se consideraba con derechos sobre Aquitania, intentó unir los dominios castellanos con los de su esposa y para ello ocupó Álava y Guipúzcoa, a pesar de lo cual tropas navarras colaboraron con las castellanas en Las Navas de Tolosa. La agitada sucesión de Alfonso VIII en Castilla y la minoría de Jaime I en Aragón permitieron a los navarros un respiro durante el cual Sancho organizó sus dominios, dio fuero a algunas poblaciones, fortificó la frontera con Castilla y consiguió el vasallaje de algunos nobles ultrapirenaicos.

En 1230, unificados de nuevo León y Castilla por Fernando III, las presiones castellanas obligaron al monarca navarro a buscar un acuerdo con Jaime I, con el que firmó un pacto de prohijamiento mutuo que, como el testamento de Alfonso el Batallador, no fue respetado por los navarros, que ofrecieron la Corona en 1234 al sobrino del rey, a Teobaldo de Champaña, con el que se inician las dinastías francesas en Navarra. Castillo de Javier

Los monarcas navarros se mueven en una línea de equilibrio entre sus poderosos vecinos castellanos y catalano-aragoneses con los que colaboran militar (participación en la campaña de Las Navas de Tolosa de tropas navarras) y económicamente (concesión de préstamos a Pedro el Católico de Aragón), lo que no impide que Alfonso VIII ocupe Álava y Guipúzcoa y corte la posibilidad de expansión hacia el Sur de Navarra.

Frente a Castilla, Sancho VII se apoyó en Aragón con cuyo rey Jaime I firmó un pacto de filiación mutua según el cual el monarca superviviente heredaría los dominios del que primero falleciera (1231); el cumplimiento del pacto equivalía a unir de nuevo Navarra y Aragón más Cataluña, pero la unión no interesaba a los nobles de Navarra que, al morir Sancho, ofrecieron el trono a Teobaldo de Champaña (1234), sobrino de Sancho VII, después de hacerle jurar los fueros de Navarra y de comprometerse a reparar los agravios hechos por Sancho a barones y nobles. Jaime era un rey impuesto por Sancho VII y los nobles prefirieron elegir ellos mismos y pedir al nuevo rey, que les debía el nombramiento, la confirmación de los derechos tradicionales de la nobleza navarra.

El predominio de los consejeros procedentes de Champaña y el incumplimiento de los fueros provocaron un levantamiento nobiliario contra el rey, que se vio obligado a solicitar el apoyo de Roma: en 1235 Teobaldo se comprometió a intervenir en la Cruzada y para facilitar la realización del voto, Gregorio IX ordenó que se disolvieran las juntas y hermandades de nobles que impedían al rey partir hacia Jerusalén, ya que no era posible abandonar el reino mientras persistiera la revuelta nobiliaria. Tras aceptar los acuerdos de 1238, Teobaldo pudo participar en la Cruzada al frente de un nutrido grupo de nobles franceses, que fracasaron ante Gaza. Vuelto a Europa, el monarca continuó la política de atracción de los señores pirenaicos y logró el vasallaje de los vizcondes de Soule y de Tartaix. En los últimos años de su reinado -murió en 1253- tuvo que hacer frente al obispo de Pamplona. Al iniciar su reinado (1253) Teobaldo II prestó el juramento exigido por los ricoshombres, caballeros, infanzones y representantes de las villas y se comprometió a aceptar hasta su mayoría de edad la tutela de una persona elegida por la comunidad y asesorada por doce consejeros; se comprometió igualmente a mantener estable la moneda durante doce años. La sumisión de los monarcas navarros se contrarresta mediante la introducción de prácticas jurídicas y de consejeros franceses que practicaron en Navarra los consejos dados por Jaime I a Alfonso X: entendimiento con el poder eclesiástico, del que consiguieron la unción regia, símbolo de que el poder venía de Dios y no de la comunidad.

Teobaldo junto a san Luis de Francia participó en la cruzada contra Túnez, en la que halló la muerte en 1270. El sucesor designado por los navarros fue Enrique I, hermano de Teobaldo, durante cuyo breve reinado (1270-1274) castellanos, aragoneses y franceses intentan crear en Navarra un partido favorable a sus intereses. La guerra civil entre los distintos grupos se inicia en 1274, al morir Enrique. En nombre de Jaime I fue su hijo Pedro el encargado de exponer los derechos aragoneses, que se basaban en la unión navarroaragonesa de los tiempos de Sancho el Mayor de Navarra, y en los acuerdos firmados por Sancho VII. Jaime I se comprometió a que no coincidieran en la misma persona el título de rey de Aragón y de Navarra: mientras Jaime sería rey de Aragón, su hijo Pedro -que casaría con la heredera- lo sería de Navarra y cuando éste accediera al trono aragonés, Navarra sería regida por el primogénito del monarca navarroaragonés.

Disposiciones parecidas fueron adoptadas por Alfonso X de Castilla, que renunció a los derechos sobre Navarra en favor de su hijo Fernando, y por Felipe III de Francia que cedió sus posibles derechos en la persona de su hijo Felipe IV, casado finalmente con Juana de Navarra. El matrimonio no puso fin a la presión de Alfonso X, cuyos partidarios explotaron hábilmente las diferencias entre los navarros y los francos de Pamplona: al lado de los primeros combatió la mayor parte de la nobleza; junto a los segundos, el senescal enviado por Felipe III, que se vio obligado a solicitar un poderoso ejército para someter a los rebeldes y recuperar militarmente el reino. En adelante, Felipe III hará caso omiso de los fueros y gobernará con entera libertad, a pesar de la oposición de la hermandad de las villas y de la junta de hidalgos.

Encerrada entre Aragón y Castilla Navarra mantiene una política de equilibrio entre ambos reinos, y neutraliza los ataques de uno con el apoyo del otro, y los de ambos mediante alianzas al Norte de los Pirineos, alianzas que llevarán al trono navarro a Felipe IV, heredero de la corona francesa. Aunque es rey de Navarra desde su matrimonio con la heredera Juana, Felipe IV de Francia no reina de hecho hasta la muerte en 1284 de su padre Felipe III, que actuó con toda libertad después de 1276. El nacionalismo navarro se manifiesta en el recordatorio de que Felipe IV es rey sólo en cuanto marido de Juana y, en consecuencia, si muere la reina, Navarra pertenecerá al hijo del matrimonio, y si el matrimonio no tuviera hijos, el Reino volvería a sus legítimos propietarios, a los navarros.

A la muerte de Juana en 1307, los navarros piden que el nuevo rey, Luis el Hutin, acuda a jurar los fueros y mientras no lo hiciera no aceptarían a sus representantes, según se acordó en reunión celebrada en Estella en 1306 con asistencia de la "universidat de los infançones del regno de Navarra y las comunidades de las bonas villas", cuya presión obligó a Luis a acudir por primera y última vez a Pamplona donde juró los fueros e impuso el orden francés en el reino. Rey teórico de Navarra desde 1305, Luis sólo reinó de manera efectiva durante el año y medio transcurrido entre la muerte de su padre en 1314 y la suya propia en 1316. Con su muerte desaparece la ficción de la independencia navarra y el reino, junto con el de Francia, pasa al hermano de Luis, Felipe, y no a su hija Juana, a la que correspondía según el derecho navarro; al morir Felipe sin herederos varones, en 1322, su hermano Carlos pide a los navarros que acudan a prestarle y recibir su juramento en Toulouse y aunque éste no tuvo lugar, las villas designaron a sus representantes, en enero de 1324, con poderes para prestar y exigir el juramento en términos similares a los de sus antecesores en el trono de Francia-Navarra.

La experiencia francesa no fue positiva para los navarros, obligados a acudir a Francia y a aceptar oficiales extraños y contrarios a sus fueros por lo que al fallecer, también sin hijos varones, el tercero de los hijos de Felipe IV, los navarros se conjuraron para ofrecer y guardar el reino "a qui deve regnar o a qui drecho lo oviere de heredar", es decir a Juana, hija de Luis el Hutin, casada con Felipe de Evreux. La recuperación de una dinastía propia se manifiesta una vez más en la puesta en vigor de la vieja fórmula navarra de proclamación de los reyes, en Pamplona, alzándolos sobre el escudo. Juana es la reina y como tal transmite el reino a su hijo por lo que cuando éste llegue a los veintiún años, Felipe de Evreux renunciará al gobierno y entregará el reino con sus castillos y fortalezas a su hijo; si muere la reina sin descendencia, los Estados podrán entregar el Reino a quien corresponda por legítima herencia.

Los reyes eligieron un Amo y doce hombres buenos, cuerdos y sabios para que, en el caso de que los reyes fallecieran antes de que el heredero fuera mayor de edad, rigiesen, gobernasen y guardasen el Reino de Navarra en su nombre. El primer Amo será el Gobernador nombrado por los reyes, Enrique de Sully, y los doce serán tres clérigos encabezados por el obispo de Pamplona, seis nobles (cuatro ricoshombres y dos caballeros) y tres representantes de las buenas villas.

La independencia lograda en 1328 es más teórica que real; aunque privativos de Navarra, los nuevos reyes son franceses por formación y por intereses y mientras vivan Juana II y Felipe de Evreux apenas puede hablarse de cambios. El primer monarca navarro será el hijo de Juana, Carlos II, rey desde 1349.

Carlos es un extraño al reino, es uno más de los monarcas franceses de Navarra cuando es coronado en 1350 a la edad de diecisiete años, y a pesar de las medidas tomadas en los primeros momentos, frente al nuevo rey se reconstruyen y organizan las hermandades, la nobleza se divide en bandos que intentan dirigir la política exterior e inclinar el Reino hacia la intervención en Francia o hacia los reinos peninsulares, y la población se subleva cuando el monarca pretende convertir en realidad el cobro de la moneda que tradicionalmente se da al rey al comienzo de su reinado.

Decidido a intervenir activamente en Francia, Carlos necesita pacificar el reino para lo que atrae a clérigos y nobles mediante concesiones que le dejan las manos libres para deshacer violentamente las juntas en lo que se conoce como la Justicia de Miluce: cuatro de sus capitanes fueron ahorcados en el lugar donde solían reunirse, otros cuatro en Pamplona para escarmiento de sus seguidores, alguno fue despeñado, sus casas derribadas... y Carlos dio publicidad a las ejecuciones al tiempo que prohibía la creación de cofradías, juntas o hermandades que no tuvieran finalidad exclusivamente religiosa.

Pacificado el reino, Carlos abandona Navarra para intervenir activamente en la política francesa, en la Guerra de los Cien Años, en la que llega a ser uno de los protagonistas más conocidos hasta la firma del tratado de Bretigny que, en 1360, sellaba la paz entre Inglaterra y Francia. Navarra, dirigida por su hermano Luis, navarriza la administración civil y eclesiástica dejando los cargos en manos de navarros como Gil García de Ianiz, lugarteniente de Luis y representante de la baja nobleza, o el obispo pamplonés Miguel Sanchiz de Asiáin, nombrado contra el candidato pontificio Pedro de Monteruc, sobrino de Inocencio VI. Por lo que se refiere a la situación peninsular, el infante Luis procura por todos los medios mantener la neutralidad entre Aragón y Castilla, entre Pedro el Ceremonioso y Pedro el Cruel.Sancho el Fuerte de Navarra, vidriera en Roncesvalles

La paz entre Francia e Inglaterra permitió al monarca francés controlar el reino y poner fin a la actuación de nobles como Carlos de Navarra; vencido en Cocherel (1364), Carlos renunció a intervenir en los asuntos franceses y concentró su actuación en la Península, donde participó en el conflicto castellano-aragonés tan pronto al lado de Pedro el Ceremonioso como de Pedro el Cruel, del que obtuvo, tras la primera entrada de Enrique de Trastámara en Castilla, la promesa de recibir a cambio de su ayuda militar las zonas de Guipúzcoa y Alava. Muerto Pedro el Cruel, Carlos se unió a los monarcas de Portugal, Granada y Aragón contra Enrique de Trastámara, pero los aliados no fueron capaces de coordinar sus acciones bélicas y uno tras otro fueron obligados a firmar acuerdos que implicaban el reconocimiento de la nueva dinastía castellana con la que el rey navarro suscribió el tratado de Briones, firmado en 1373 y ratificado tras nuevos enfrentamientos en 1379, en el que se estipulaba el matrimonio del heredero navarro, Carlos III, con Leonor, hija de Enrique II de Castilla.

Al morir Carlos II, el heredero del trono navarro se hallaba en Castilla, con cuyos monarcas mantuvo las mejores relaciones a lo largo de su reinado a pesar de la intromisión de su mujer, Leonor, en los asuntos castellanos durante la minoría de Enrique III, quien, al expulsar de Castilla a la reina, se hizo pagar veinte mil florines en compensación "del bullicio y escándalo que era en mis reinos por causa y ocasión de doña Leonor, reina de Navarra".

Contingentes navarros colaboraron en las campañas de Fernando de Antequera contra los musulmanes, de la misma forma que años antes habían intervenido al lado de Juan I de Castilla en la guerra con Portugal, que se perdió, al decir de Carlos de Viana, porque el monarca castellano no quiso esperar en Aljubarrota la llegada de las tronas navarras. Las relaciones de Navarra con el reino aragonés fueron igualmente pacíficas y los escasos problemas fronterizos que se plantearon fueron resueltos amistosamente. La alianza fue ratificada mediante el matrimonio de Blanca de Navarra y Martín el Joven a la muerte de María de Sicilia; un acuerdo comercial entre navarros y aragoneses completó los acuerdos de 1402.

Al morir Martín el Humano, Carlos III apoyó la candidatura de Fernando de Antequera, y poco después autorizó el matrimonio de Juan, el segundo de los hijos de Fernando, con su hija Blanca de Navarra. El progresivo alejamiento de Francia se observa en los intentos de solucionar definitivamente y por medios pacíficos los problemas pendientes desde la época de Carlos II: en 1404 se llegó a un acuerdo por el que Carlos renunciaba a los condados de Champagne y de Brie a cambio de una renta de doce mil francos anuales a los que se añadió la cantidad de doscientos mil escudos en compensación por las rentas no percibidas en los años anteriores.

En el interior, Carlos III continuó la política de navarrización emprendida por su padre mediante el nombramiento de navarros para todos los cargos administrativos, y uno de los primeros actos fue hacerse coronar de acuerdo con el viejo ritual del Reino: tras el juramento de respetar y hacer cumplir los fueros, privilegios y costumbres navarros y recibir el juramento de los súbditos, los eclesiásticos le dan la unción que simboliza el origen divino de su poder y él toma la corona y el cetro real, se ciñe la espada y sube a un escudo en el que están pintadas las armas de Navarra; sostienen y levantan el escudo nobles y representantes de la ciudad de Pamplona, ante la protesta de los procuradores de Estella, Tudela y Sangüesa que se consideran con igual derecho que los pamploneses.

Partidario decidido del ideal caballeresco, el monarca navarro creó las órdenes del lebrel blanco y de la bonne foi para premiar a los caballeros más distinguidos; armó caballeros de acuerdo con el ceremonial clásico a numerosas personas; creó nuevos títulos e hizo donación a algunos nobles de importantes señoríos en los que el monarca renunciaba al cobro de los impuestos ordinarios y a la administración de justicia. Su política no sirvió, sin embargo, para poner fin a las guerras nobiliarias agudizadas en Navarra por la existencia de dos bandos dirigidos por los Agramont y los Beaumont cuyos enfrentamientos llenan el siglo XV navarro.

En este siglo parece repetirse la historia navarra de ciento cincuenta años antes: de nuevo el Reino está en manos de una mujer y de su marido que ahora es el infante castellano Juan de Aragón, hijo de Fernando de Antequera. La política de Fernando y su fuerza económica y militar llevarán a sus hijos, los infantes de Aragón, a ocupar todos los tronos peninsulares; el segundo, Juan, casará en 1419 con la heredera de Navarra, Blanca, y en las capitulaciones matrimoniales se indica, como un siglo antes, que sólo gobernaría como rey consorte o, con el consentimiento de las Cortes, de los Tres Estados, como tutor del heredero si la reina moría antes de que el hijo llegara a la mayoría de edad; así parecen entenderlo las Cortes que juran como heredero a Carlos de Viana, en 1422, y renuevan el juramento al llegar el príncipe a la mayoría de edad, a pesar de lo cual al morir Blanca en 1441, Juan II, que necesita Navarra para seguir interviniendo en Castilla, se mantiene al frente del Reino aunque permitiendo a su hijo titularse y actuar como Lugarteniente general del mismo.Castillo de Javier

Las diferencias entre padre e hijo pondrán al descubierto las tensiones en el interior de la nobleza, cuyos miembros, en Navarra como en los demás territorios europeos, consolidan su situación apoyando al monarca, que les concede cargos, tierras y dinero, o bien oponiéndose al rey, presionándole para que les permita participar del poder; cuando las relaciones entre el monarca y el heredero son tensas, los nobles toman partido y si un bando apoya al monarca el otro ofrecerá sus servicios al heredero y a los enemigos del rey sean éstos quienes sean, y cualquier intento de atraer a los rebeldes provoca un cambio de alianzas en el bando oponente.

La política castellana de Juan II es pagada en su mayor parte por Navarra, cuyas Cortes votan año tras año ayudas extraordinarias, cuarteles para los gastos del monarca y para el pago de los hombres de armas que deberán defender las fronteras navarras de los enemigos castellanos de Juan II. Los reveses de éste en Castilla a partir de 1445 le llevan a ocuparse más directamente de Navarra para desde el Reino poder intervenir de nuevo en Castilla al frente de los nobles que le han seguido y que, arruinados, viven de la generosa hospitalidad de Juan; para lograr sus objetivos y conseguir los medios económicos que precisa en Castilla, Juan ha de desplazar a los consejeros de Carlos y hacerse con los bienes cedidos por éste a sus partidarios; si el príncipe había volcado su apoyo sobre la familia Beaumont, don Juan se apoyará en los Agramont. A la desconfianza del rey hacia su hijo -al problema dinástico- se une el enfrentamiento entre las dos familias más importantes de la nobleza navarra.

Los más que dudosos derechos de Juan II a seguir gobernando Navarra desaparecen al casarse por segunda vez Juan, pero éste seguirá considerándose rey único y Carlos y, después de él, sus hermanas, serán como máximo Lugartenientes del monarca para Juan, y legítimos reyes para los beaumonteses, artífices de la alianza con los enemigos castellanos del monarca navarro. La guerra dinástico-nobiliaria finaliza con la prisión de Carlos y la división de Navarra en dos administraciones, dirigida una desde Pamplona por Juan de Beaumont, prior de San Juan, y la otra por Pierres de Peralta, que como capitán general de Juan II controla Tafalla, Caseda, Sangüesa, Sos, el valle del Roncal y San Juan de Pie del Puerto.

Prisionero durante un tiempo, Carlos fue desheredado y con él su hermana Blanca; para Juan II y sus seguidores, la heredera será en adelante Leonor, y su marido Gastón de Foix será Lugarteniente General siempre que antes pacifique el reino, ocupe Pamplona y las demás plazas en poder de los beaumonteses, para que puedan reunirse Cortes y en ellas ser proclamado heredero en nombre de su mujer. Carlos de Viana abandonará Navarra buscando la mediación y el apoyo de Alfonso el Magnánimo de Aragón y en su ausencia las dos navarras reúnen Cortes, en Estella, para reconocer como herederos a Gastón y Leonor el 12 de enero de 1457, y en Pamplona para proclamar rey de pleno derecho a Carlos de Viana el 16 de marzo del mismo año.

El nombramiento de Juan II como rey de Aragón en 1458 convierte a Carlos en heredero de la Corona, hecho que lleva a los beamonteses a pedir la unión navarroaragonesa y a los agramonteses a defender la independencia de Navarra bajo la dirección de Leonor, nombrada heredera por las Cortes en 1457.

La muerte de Carlos internacionaliza aún más el conflicto navarro: para hacer frente a los dirigentes catalanes que intentan limitar o anular su poder, Juan II precisa el apoyo de Francia y de Castilla; conseguirá el primero a través de Gastón de Foix, al que garantiza el reino de Navarra frente a los derechos de Blanca, y fracasará en Castilla al ofrecer los catalanes el trono a Enrique IV, que nombra como lugarteniente en Cataluña a Juan de Beaumont. La falta de éxitos militares decisivos por una y otra parte lleva a buscar soluciones negociadas que llevan en 1463 a la renuncia del castellano a sus derechos sobre Cataluña; sin el apoyo de Castilla ni el de Francia, los beaumonteses buscan la conciliación con Juan II y con Gastón de Foix, que se comprometen a devolverles los bienes y honores que tenían en 1451 así como los concedidos por el príncipe de Viana. El acuerdo es de tan corta duración como las buenas relaciones entre Juan II y su hija Leonor, que aspira a actuar no como Lugarteniente y heredera sino como reina: los beaumonteses estarán a su lado y enfrente, al servicio de Juan II, seguirán los agramonteses, cuyo jefe Pierres de Peralta asesinará al obispo pamplonés, acusado de favorecer a Leonor. Esta será destituida y el cargo de lugarteniente general será concedido a su hijo Gastón hasta su muerte en noviembre de 1470 a consecuencia de las heridas sufridas en un torneo. El heredero, el nuevo Príncipe de Viana, sería Francisco Febo, el hijo del fallecido, y tras él su hermana Catalina.

El tradicional apoyo de Castilla a los navarros opuestos a Juan II, a los beaumonteses, adquiere un nuevo sentido cuando el rey de Castilla es Fernando, hijo del segundo matrimonio de Juan, que busca la reconciliación de beaumonteses y agramonteses para evitar una posible intervención de Francia y poner fin a la anarquía dominante en el reino. En 1479, Fernando es rey de Castilla y de Aragón y, por muerte de Leonor, el reino navarro pertenece a su nieto Francisco Febo (1479-1483) que podrá contar con el apoyo de los Agramont mientras desde Castilla Fernando apoye a los beaumonteses. Los enfrentamientos alternan con treguas de escasa duración y con intentos, fallidos, de unir a la reina de Navarra, Catalina, con Juan, heredero de los Reyes Católicos. Para dar validez y apoyo a este matrimonio se acordó reunir las Cortes, pero aunque unos y otros parecían conformes, a Estella sólo acudieron los agramonteses, los Beaumont se reunieron en Puente la Reina, y Catalina acabó casándose con Juan de Albret, es decir, inclinándose una vez más hacia Francia.

El difícil equilibrio navarro entre Francia y Castilla se mantiene con altibajos en función de los enfrentamientos de Fernando el Católico con la nobleza castellana o de la política de Fernando y de los monarcas de Francia en Italia; y la política italiana ofrecerá el pretexto para la intervención armada de Fernando el Católico en Navarra: la alianza de navarros y franceses contra la Santa Liga formada por el Papa, Fernando de Castilla y de Aragón y el dux de Venecia, permite acusar de cismáticos a los monarcas de Navarra y justificar el nombramiento como rey de Fernando el Católico, según recuerda entre otros cronistas filocastellanos el gramático, retórico y cronista real Elio Antonio de Nebrija.

Fernando incluirá entre las razones de la intervención militar castellana y de la conquista, la ayuda de los navarros al monarca francés, enemigo de la Iglesia. Nebrija no presenta a Fernando como rey de Castilla o de Aragón sino como Hispanis rex, Hispani orbis moderator y, aunque de pasada, recuerda cómo en tiempos de los romanos y de los visigodos Hispania llegaba hasta los Pirineos, situados estratégicamente para separar a los hispanos de los bárbaros y, más tarde, de los franceses.

REYES DE NAVARRA

Dinastía Íñiga

  • 820 – 852 Íñigo Arista
  • 852 – 870 García Iñiguez
  • 880 – 905 Fortún Garcés

Dinastía Jimena

  • 905 – 926 Sancho I Garcés
  • 926 – 970 García II Sánchez
  • 970 – 994 Sancho II Garcés
  • 994 – 1000 García III
  • 1000 – 1035 Sancho III Garcés
  • 1035 – 1054 García III Sánchez
  • 1054 – 1076 Sancho IV Garcés
  • 1076 – 1094 Sancho V de Aragón y Navarra
  • 1094 – 1104 Pedro I de Aragón y Navarra
  • 1104 – 1134 Alfonso de Aragón y Navarra
  • 1134 – 1150 García V
  • 1150 – 1194 Sancho VI
  • 1194 – 1224 Sancho VII

Casa de Champaña

  • 1224 – 1253 Teobaldo I
  • 1253 – 1270 Teobaldo II
  • 1271 – 1274 Enrique I
  • 1274 – 1307 Juana I
  • 1307 – 1316 Luis el Hutin

Unión con Francia

  • 1268 – 1327 Felipe I, Luis I, Felipe II y Carlos I

Casa de Evreux

  • 1328 – 1349 Juana II
  • 1349 – 1387 Carlos II
  • 1387 – 1425 Carlos III
  • 1425 – 1441 Blanca
  • 1441 – 1479 Juan I
  • 1479 Leonor

Casa de Foix

  • 1479 – 1483 Francisco Febo
  • 1483 – 1512 Catalina de Albret
  • 1512 – 1516 Fernando I

Genealogía de los reyes de Navarra.

En 1516 comienza la Dinastía de los Austrias a través de Carlos I de España y V de Alemania, unificando en la corona española los distintos reinados existentes anteriormente.

 

Bibliografía

  • Historia de España: De Tartessos al siglo XXI. (José Nieto. Editorial Libsa.)
  • La Aventura de la Historia. Varios números. (Editorial Arlanza Ediciones, S.A.)
  • Enciclopedia en CD-ROM sobre la Historia de España. Ediciones Dolmen.

LA FIGURA

La figura en cuestión aparece en el catálogo del fabricante italiano Pegaso Models bajo el título “Tuskan Knight” y la verdad es que es una pequeña maravilla en su totalidad. Tiene un encaje muy bueno y las líneas de molde son casi inexistentes, por lo que hay que trabajar poco la figura antes de montarla (cosa que se agradece mucho).

Desde un primer momento tuve la idea de pintar un caballero navarro del Siglo XIII, época en la que este reino era afín a Francia, debido sobre todo a que la figura lleva elementos muy próximos a los ropajes y protecciones francesas de la época, tales como el casco, protecciones de cuero en articulaciones y maza. Para ello me documenté en un pequeño libro, pero a la vez muy práctico, titulado “Manual de Heráldica Española” cuyo autor es Eduardo Pardo de Guevara, con prólogo de Faustino Menéndez Pidal.


Proceso de Pintura

Como es ya costumbre en mí, comencé pegando todas las piezas antes de pintar la figura, exceptuando en este caso el casco y el brazo que sujeta la maza. Una vez hecho esto, imprimé la figura con Spray blanco de la marca Citadel.

Lo primero que hago habitualmente sobre una figura una vez que la tengo ya preparada, es pintar la cara de la misma, intentando dar un carácter a la expresión, ya que eso me permite después pintar el resto basándome en esa idea y comparando el resultado con el gesto facial.

Sin embargo, cuando hay metales por medio, siempre empiezo por pintar éstos para evitar después manchar con pinturas metalizadas el resto de componentes (cara, brazos, telas, etc...). Los metales los pinté con esmaltes de Gunze-Sangyo y óleos para matizar, siguiendo el proceso descrito por nuestro compañero Augie Rodríguez en su artículo titulado “Armaduras Blancas en Campaña”, ya publicado con anterioridad.

El proceso utilizado para la pintura es el que habitualmente empleamos con acrílicos: aplicando el color base, luces, sombras y posteriores veladuras. Comencé marcando mediante líneas finas en negro las rayas del ropaje que cubre la cota de malla, tanto las horizontales como las verticales, y coloqué también el diseño de las cruces que van encima del otro cuadro. Lo hice así para tener una “plantilla” antes de aplicar color y ver previamente como podría quedar la distribución de las mismas. A continuación, apliqué los colores base en cada uno de los diseños, y coloqué sus luces y sus sombras.

El siguiente paso fué pintar las protecciones de cuero de los hombros, las rodillas y las piernas, los guantes, el cinturón, y la vaina de la espada. Mediante Tinta de Imprenta Dorada, perfilé los elementos metálicos que están distribuidos por las protecciones de cuero de los hombros y los guantes, así como el borde metálico que acompaña al cinturón. Por último, para finalizar, pegué a la figura los últimos elementos que quedaban: la vaina de la espada y el brazo que sujeta la maza.

El cuadro de colores utilizado es el siguiente:

ELEMENTO

BASE

LUCES

SOMBRAS

VELADURAS

CARA

Carne Medio (860) +Unif. Inglés (921) +Bermellón (947) +una puntita de Púrpura.

Base + Carne Dorada (845).

Últimas luces con Carne Clara (928)

Unif. Inglés (921) + Bermellón.

Últimas sombras con Sombra Tostada

Rojo violeta en los pómulos y nariz

ROPAJE

(Cuadro con Cruz)

Fondo = Azul Prusia (AC) + Bermellón (947)

Base + Escarlata (817), + Naranja (956). Últimas luces añadir Carne Dorada (845)

Base + Azul Prusia (AC)

 

ROPAJE (Cruz)

Gris Piedra (884)

Base + Blanco (951). Últimas luces con Blanco puro

Base + Gris Neutral (942)

 

ROPAJE (Cuadro con Franjas)

Azul= Azul Prusia (AC)

Amarillo= Amarillo Dorado (948) + Marrón Naranja (981)

Azul = Base + Azul Andrea (841). Últimas luces con Azul Cielo (961).

Amarillo = Base + Amarillo Mate (953). Útimas luces con Amarillo Claro

Azul= Base + Negro (950)

Amarillo = Base + Marrón Violeta (887)

 

PROTECCIONES DE CUERO

Marrón Cuero Oscuro (871) + Negro Brillante

Marrón Cuero (940) + Marrón Naranja (981). Últimas luces con Marrón Dorado (877)

Sombra Tostada (941)

 

GUANTES

Sombra Tostada (941) +  Marrón Cuero Oscuro (871)

Base + Marrón Cuero (940)

Negro (950)

 

CINTURON

Negro (950 )+ Uniforme Inglés (921)

Base + Uniforme Inglés (921)

Negro (950)

 

VAINA ESPADA

Azul Prusia (AC) + Bermellón (947)

Base + Azul Andrea (841)

Base + Negro (950)

 

MADERA MAZA

Madera (AC) + Negro (950)

Base + Marrón Dorado (877)

Negro (950)

Se simulan distintos arañazos con Marrón dorado, Madera y Negro.

METALES

Blancos = Dark –Iron + Iron (Gunze-Sangyo)

Dorados = Tinta de Imprenta Dorada

Iron + Stainless. Últimas luces con Stainless

 

Lavados de Óleos en Negro y Siena.

Nota: Si no se indica lo contrario, todas las referencias pertenecen al catálogo de Vallejo.


Escenario

Después de haber visto algunas escenas con agua y de haberme quedado “prendado” de ellas, quería ambientar mi figura cerca de un arroyo. Así pues, realicé el terreno con masilla de dos componentes de la marca “Feroca” situando en una posición más elevada el terreno donde iba a ir colocada la figura, dejando una depresión en lo que sería el cauce del río. Para que la escena fuese más “impactante” coloqué también un árbol cerca de la figura, para ello utilicé unas ramas de pino unidas entre sí y a las que pegué musgo de las propias ramas.

A continuación pinté el terreno con acrílicos en tonos tierra, ocres y verdes. El cauce del río lo pinté con colores verdes oscuros hacia el centro, iluminando con verdes más claros según se acerca a la orilla. Pegué unas cuantas ramitas secas en la orilla y por último apliqué en varias sesiones (dejando secar una capa antes de echar la otra) la resina de la marca “Woodland Scenics” para simular el agua de río. Para concluir el trabajo, fijé la figura en el terreno y apliqué colores pasteles sobre los pies de la misma para unificarla con dicho terreno.

He de decir que he disfruté mucho pintando esta figura, y el resultado fué muy satisfactorio para mí, ya que con los consejos que me dieron mis compañeros en la Asociación Alabarda, pude dar un importante salto cualitativo en mi técnica pictórica.

 

 

 

 


© Luis Tramón. Junio 2004